La verdad es que no tengo ganas de contar nada, no tengo ganas ni de acercarme al teclado que percuto con aparente parsimonia. No se ni porque escribo. No lo se.
Escribo como el autómata que se acerca a su quehacer con la resignación de quien no conoce otro placer que le ayude a ser igual de feliz o como en mi caso, no sabe en que ocupar los minutos previos a el filandón familiar.
Hoy cenamos, como todos los años la noche de reyes, los cuatro más uno, mi hermano, mi padre, mi madre, mi novia y quien escribe. No me voy a extender porque no me apetece, no me apetece nada, y como ya os dije, no tengo cuerpo para cenar, no tengo cuerpo para beber, no tengo ganas, ni siquiera, de dormir porque cuando amanezca seré un año más viejo pero me sentiré una década más senil, más insatisfecho, más refunfuñón e insoportable, mañana Melchor me traerá sobre las alpargatas atestadas de piojos un año más y un motivo más por el que quejarme.
Tengo la estúpida sensación, la misma que tiene el noventa por ciento de los mortales, que mi vida toma derroteros infructuosos y pedregosos. Tengo la sensación de que necesito apretar un poco el acelerador en según que asuntos y sacar la picha rápidamente de según que otros, en fín, tengo la sensación de que me estoy haciendo mayor.
Un saludo