Aunque el principal producto que obtiene el hombre de esta actividad es el famoso y polivalente edulcorante conocido como miel, resultado de la actividad de pecoreo que realizan las abejas en su periplo polinizador, son innumerables los productos que se pueden obtener del infatigable trabajo de estos carismáticos himenópteros. Prueba de ello es la cera, que hasta no hace más de un siglo fue masivamente utilizada para la fabricación de velas y candiles o para la impermeabilización de maderas de todo tipo, de cuerdas, cueros o telas, sin hablar, claro está de la recolección del polen o la jalea real asociada al descubrimiento de nuevas técnicas de conservación y manipulación de las colmenas.

Hay pruebas fehacientes, como las pinturas rupestres del mesolítico que se pueden encontrar en la Cueva de la Araña, en Bicorp, datadas en más de 7.000 u 8.000 años de antigüedad que dan fe de lo ancestral de ésta actividad. Es entonces, en el Mesolítico, cuando el hombre comienza a recolectar la miel de colmenas silvestres para más tarde en el Neolítico, aprender a controlar y manipular a las abejas y sus enjambres. Tanto Egipcios, griegos y romanos se beneficiaron de los productos que esta actividad les reportaba. Tanto es así que los griegos que fundan Efeso en el año 1100-1000 a. C. (en la actual Turquía), veneraron la apicultura a través de su Diosa Artemisa y que a su vez era representada en las monedas de la época como una abeja......
Mañana más..
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